Quién es quién

Opinión

Directoria del Observatorio de Conflicto Armado, de la Corporación Nuevo Arco Iris.


Octubre de 2007: la repetición
de una tragedia histórica


Por Laura Bonilla

Durante años, los colombianos hemos vivido bajo el influjo de un acuerdo consentido: aceptábamos en casi todos los sectores la existencia de un conflicto armado de larga duración con dolorosas consecuencias para la vida nacional, pero nunca pudimos llegar a aceptar que algo se encontraba mal con la democracia más antigua del continente.

Pocas personas entraban a analizar el impacto real de ese conflicto en los procesos electorales, o en la constitución del estado a partir de la constitución de 1991 que inauguró formalmente el proceso de descentralización del país.

Desafortunadamente fue hasta hace un par de años que el problema comenzó a estudiarse en su justa dimensión, ligado a lo que se ha conocido como el escándalo de la “parapolítica”; hasta ese momento se develaron públicamente las prácticas – que aunque hayan sido normalizadas en las regiones – ponen en altísimo riesgo estos comicios regionales de octubre del presente año.

Como se ha mencionado en varios documentos o trabajos son diferentes tipos de riesgo los que amenazan las elecciones regionales, pero tal vez el más delicado es la permanencia de las alianzas entre poderosos clanes regionales, mafias electorales y grupos al margen de la ley, independientemente de sus particulares niveles de influencia o con cuántos hombres cuentan. Es muy posible que el fenómeno de la parapolítica como se conoció en la Costa Atlántica tienda a mostrar este año un comportamiento más estable, lo cual no quiere decir que desaparezca, ni que sea menos grave, pero los estudios recientemente publicados por la Misión de Observación Electoral, construidos por varias organizaciones y universidades muestran la potencial tendencia del fenómeno a expandirse a zonas del país donde anteriormente no era posible leer su presencia.

Llama la atención que la mayor parte de los riesgos se trasladen a zonas del país menos pobladas pero igualmente ricas, como el caso del corredor de movilidad existente entre los departamentos de Casanare y Guaviare, lugares en los cuales el grupo armado – derivado de las antiguas AUC – al mando de alias “Cuchillo” cita reuniones con candidatos, establece directrices, e incluso pone condiciones para el ejercicio electoral.

En la zona norte, la situación política ha obligado que mafias electorales tipo “clan” como los Name y los Char se agrupen alrededor de acuerdos políticos, que Alfonso Campo se una con Luis Eduardo Vives y Jorge Luis Caballero para apoyar un solo candidato a la gobernación del Magdalena, que la familia Araújo opte por una novedosa “operación avispa” para sustituir las candidaturas únicas, y la emergente clase política antioqueña encabezada por Luis Alfredo Ramos juegue a duplas para tomar nuevamente la gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín. Esto muestra que aunque los jefes de los grupos paramilitares que operaban en esta región se encuentren recluidos, no ha mermado la intención de la clase política beneficiaria de continuar con el control de la institucionalidad pública en el nivel local y regional.

Por otra parte, en el sur el paisaje está compuesto de aquellos dolorosos hechos que vivió el país central y poblado a mediados de los noventas: los últimos muestran cómo la estrategia comienza por eliminación física del adversario político y termina por el establecimiento de clientelismos armados con el auspicio de las élites regionales.

Las acciones que se tomen por parte de las instituciones competentes no serán suficientes para garantizar un ideal de elecciones libres y democráticas, aunque por supuesto que disminuirán los niveles de riesgo. Sin embargo, mientras el país no encuentre forma de sancionar políticamente los clanes, las élites regionales, y sobretodo los partidos políticos que brindaron el andamiaje electoral para que fuera posible la consolidación de este tipo de alianzas, no será posible esperar que fenómenos como el clientelismo armado, la clase emergente derivada de los grupos al margen de la ley, sean superados en territorio por los procesos electorales honestos y democráticos.

La sociedad colombiana ha avanzado, pero las alianzas y las manipulaciones potenciales del fundamento de representación democrática también lo han hecho. El país no puede continuar en una carrera contra reloj entre quienes hacen la trampa y quienes tratamos de identificarla, círculo vicioso que nos hace olvidar que el gran problema es que con cada comicio electoral manipulado la tensión entre el Estado Central y el Estado de las Regiones crece a niveles asombrosos e inmanejables. No podemos olvidar que quienes ejercen la mediación entre el estado y el ciudadano, son los mismos que detentan el poder político a nivel regional, por ende, si estos últimos se encuentran comprometidos con mafias electorales o grupos armados al margen de la ley, el territorio que se construirá tendrá como consecuencia un país cada vez más fragmentado, un clientelismo perpetuo y unas regiones saqueadas y olvidadas.

Es en el marco de la construcción de estado regional en Colombia donde se cometió el grave error de abrir la puerta para la ingerencia de actores armados, no solamente de grupos armados ilegales, sino de todo tipo de actores para quienes la utilización de la coerción o el clientelismo tradicional hibridado con las armas, cumplía propósitos privados sean éstos de un grupo, como de individuos vinculados a mafias, y es en el marco de esta misma construcción donde estamos cometiendo el error de no cerrarle la puerta.

Recuerdo casi todos los días, mientras se aproximan las elecciones, las palabras de un político de San José del Guaviare, que justificaba la situación con la siguiente frase: “El señor Cuchillo es un paramilitar distinto, el nunca se ha robado un peso de la administración pública… todos sus activos los ha ganado honestamente a punta de narcotráfico”.

Directora
Observatorio Conflicto Armado
Corporación Nuevo Arcoiris